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01/03/2011 

Nuestro compromiso con la eco-construcción 

Entrevista a Felipe Pich-Aguilera, arquitecto y presidente de GBC España
"Tenemos frente a nosotros un reto brutal: poner en marcha la tecnología necesaria para hacer posible una edificación sostenible".
En pleno barrio barcelonés del 22@, donde nichos de innovación y creatividad están sustituyendo poco a poco a la industria tradicional, el estudio de Felipe Pich-Aguilera es un ático que parece un chalet. Al salir del ascensor nos da la bienvenida un patio con vistas a la torre Agbar y con vegetación mediterránea que, según nos explicará él mismo minutos más tarde, no necesita riego porque bebe del agua de la lluvia. Además de almacenar este preciado líquido, que se reutiliza para las cisternas, la jardinera evita que la oficina de abajo se caliente excesivamente por irradiación del sol y mantiene las plantas húmedas, que a su vez absorben parte del CO2 de la ciudad. Es un ejemplo en miniatura de lo que significa "construir de otra manera", es decir, teniendo en cuenta el medio ambiente; algo que Pich-Aguilera defiende como un estandarte.
Referente de la edificación sostenible en nuestro país, este arquitecto preside Green Building Council España (GBC), una asociación sin ánimo de lucro integrada por varios actores del sector de la construcción, entre ellos BASF. Según dice, la crisis económica actual es el momento propicio para innovar y avanzar hacia edificios que produzcan la misma cantidad de energía que consumen.
¿Revolución? Él lo llama "renovación mental".

Usted proviene de una saga familiar dedicada al téxtil desde hace más de 100 años. ¿Por qué decidió dedicarse a la arquitectura? ¿Qué le atrajo de este mundo?
Seguramente estoy en este mundo porque la parte artística y humanística me ha interesado más que no la parte estrictamente productiva y empresarial. Después te encuentras con que todo está relacionado y, aunque son puntos de vista e intensidades diferentes, hay puntos en común entre el mundo de la arquitectura y la empresa o la industria. En cualquier caso, mi opción de ser arquitecto es algo personal, para hacer lo que me parecía más interesante.

Al tema de la sostenibilidad llegué más como ciudadano que como arquitecto. Si uno tiene la percepción de que las cosas deberían ser más sostenibles y de que nuestra relación con el medio natural debería cambiar, el hecho de que yo sea arquitecto y me dedique a hacer una arquitectura sostenible es una consecuencia de que primero soy ciudadano y tengo una inquietud de este tipo. En definitiva, la arquitectura no es un fin en sí misma, sino un instrumento para transformar las cosas, para hacer que el mundo sea un poco más semejante a como a uno lo parece que tendría que ser.

Su estudio de arquitectura es un referente en sostenibilidad. ¿Cuándo empezó a interesarse por ello? ¿Se considera un pionero?
En mi estudio empezamos a interesarnos por la sostenibilidad hace ya 18 años, haciendo proyectos concretos. Yo creo que no fuimos pioneros, junto con mi socia Teresa Batlle, por interesarnos por la sostenibilidad, porque entonces ya había mucha gente preocupada por ello, pero seguramente en el ámbito mediterráneo sí fuimos de los primeros en intentar concretar esta inquietud en acciones concretas desde el punto de vista de la edificación y de la arquitectura.

Recientemente ha trabajado en proyectos tan dispares como un centro audiovisual en Lleida, un hospital en Reus o viviendas sociales en Toledo, para poner algunos ejemplos. ¿Los criterios para aproximarse a la sostenibilidad en cada uno de estos casos son siempre los mismos?
Los proyectos que hacemos tienen dos patas. Una es en el ámbito ambiental: como hacer que los edificios consuman menos energía para su funcionamiento, cosa que está relacionada con la arquitectura bioclimática, es decir, hacer que produzcan un clima interior de una forma natural, que funcionen con el sol y con el aire. La otra es lo que llamamos industrialización, que significa intentar implicar a la industria y a los procesos industriales de nuestro tiempo en la arquitectura y la edificación, es decir, hacer que los edificios sean ensamblaje de componentes fabricados. Esto permite que la construcción del edificio, los materiales que se emplean y las formas de construirlo sean ahorradoras de energía, de recursos, de tiempo, de residuos... En realidad son dos caras de la misma moneda.

Todo ello adopta formas y posiciones diferentes en función del cliente, la latitud, la cultura... Pero en el fondo esta acción inicial es muy transversal, tanto se puede producir en una vivienda unifamiliar como en un hospital muy grande. Por ejemplo, ahora estamos trabajando en un proyecto en México. Qué significa esto en México es diferente de lo que significa en el norte de Francia, en Barcelona o en China. Pero lo que para mí es determinante no son tanto las circunstancias sino la filosofía, la ideología previa que después intenta implementarse en estas circunstancias.

En este proceso constructivo es dónde entra BASF, con aditivos que reducen la cantidad de CO2 o el consumo de energía...
Yo creo que en este momento de transformación tan importante que está viviendo el sector de la edificación, como también lo está viviendo nuestra sociedad en términos generales, una empresa como BASF tiene un papel muy importante y un largo camino por recorrer. Cada vez más vamos a utilizar menos material con un mayor valor añadido, es decir, a ampliar el material de forma intensiva, no cuantitativa, para producir confort. Los materiales serán cada vez más elaborados, de mayor calidad, con más prestaciones, para utilizar menos energía combustible, con la finalidad de activar las propiedades de la materia prima; y en este sentido los aditivos son fundamentales.

Dentro de una masía o una casa de payés estamos frescos en pleno verano porque el grosor de las paredes permite gestionar, sin necesidad de poner aire acondicionado, el fresco de la noche. Claro, hoy en día no podemos hacer edificios con paredes de un metro de grosor, pero sí que podemos, mediante aditivos artificiales como los que produce BASF, dar a grosores y a pesos ligeros las propiedades que antes tenían los materiales utilizados cuantitativamente. Seguramente la investigación y el impulso de compañías multisectoriales como BASF pueda fl uir hacia la edificación, un sector que por su lógica interna desgraciadamente está muy por detrás de lo que es la innovación.

¿En un contexto de crisis económica cómo el actual, es ahora el momento de innovar?
Ahora es el momento de hacerlo y de poner las cosas en línea para tirar adelante. Hace cuatro años yo como arquitecto me encontraba con que la mayoría de la gente que construía, o gran parte de ella, no estaba interesada en hacer las cosas de manera diferente, porque estaba todo vendido. Lo que interesaba era hacerlo rápido, como siempre se había hecho, sin correr riesgos. Pero ahora es un momento importante. Primero, porque los procesos especulativos sobre el suelo han bajado mucho, y segundo, porque los acuerdos en materia medioambiental que muchos países han adoptado, como el Protocolo de Kyoto y otros, están obligando a los países a incidir en la edificación.

El 40% de la energía que se consume en Europa está destinada a construir y a habitar los edificios, por lo que la Comisión Europea lanzó el verano pasado una directiva que obliga a que en 2020 todos los edificios nuevos sean de balance cero, es decir, que produzcan la misma energía que consuman (no al mismo momento, sino en el balance a lo largo del año). Desde un punto de vista operativo, esto la industria todavía no lo sabe hacer, por lo que hay un reto brutal frente a nosotros para poner en marcha la tecnología y los procesos necesarios. Yo diría que aquí, en el entorno mediterráneo, podemos hacer perfectamente edificios que consuman el 50% de lo que están consumiendo ahora, o menos, sin hacer grandes aspavientos.

¿Esto hará que la vivienda se encarezca?
Depende de como lo cuentes. Aquí tenemos la cultura de que la vivienda cuesta lo que vale al comprarla, pero hay que tener en cuenta también lo que consume en climatización. Yo diría que, a lo largo de su vida útil, la vivienda sostenible cuesta menos, porque las inversiones en este tipo de edificios son amortizables en diez años o menos. Si pensamos en que el edificio dura unos 30 años, pues tenemos por lo bajo unos 20 años de ahorro. Y este cálculo es con el precio actual de la energía, si lo extrapolamos al futuro seguramente los números son más optimistas.

El pasado junio, la asamblea general de GBC España le renovó la confianza al nombrarle presidente para un segundo mandato. ¿Cuáles son las prioridades de la organización?
El objetivo de GBC es mirar de influir y de actuar para transformar la edificación en un sector más sostenible. La principal baza de la asociación es que en ella están representados tanto profesionales como instituciones, universidades, industriales... Ésta es la gran diferencia, teniendo en cuenta que nuestro sector, el de la edificación, está horriblemente atomizado, y que a cada uno de los átomos le cuesta muchísimo interactuar con los otros. Incluso diríamos que en cada uno de los gremios, debido a la competencia, no hay transferencia o cuesta mucho que la haya. En cambio, en GBC esta transversalidad es lo que permite poner en marcha políticas, aprender unos de otros, hacer investigación y también tener una cierta autoridad, una cierta credibilidad en la sociedad. Lo que nos estructura es transportar los esfuerzos que se hacen en este sector hacia la sociedad.

GBC ha lanzado recientemente una nueva herramienta, llamada Verde, para medir la sostenibilidad de los edificios. ¿Qué aporta de nuevo esta herramienta respecto a métodos anteriores de certificación medioambiental?
Verde es una herramienta compleja, que surge por consenso de mucha gente diversa y que hace uso de una aplicación informática complicada, pero su resultado son unos parámetros muy sencillos. Similar a la calificación de los hoteles, Verde atorga una hoja, dos, tres, cuatro o cinco en virtud del buen comportamiento medioambiental de un edificio. Esto permite que el usuario, que no tiene porqué ser un especialista en sostenibilidad ni saber exactamente lo que hay detrás, pueda recibir de una entidad no tendenciosa una valoración sobre la edificación y ser capaz de valorarla bajo estos parámetros.Esto es fundamental, porque si la sociedad no tiene información para escoger, es imposible transmitir esta voluntad que todos tenemos como ciudadanos a través de una presión sobre el mercado; y si el promotor o la administración no tiene una forma de visualizar estos esfuerzos que hace, finalmente acaba no haciéndolos o haciéndolos muy tímidamente.

¿Cuáles son, desde su punto de vista, los retos de la edificación sostenible en España a corto plazo?
Hay algo muy importante que deberíamos plantearnos: ¿qué pasa con todo el parque de edificación que ya se ha construido en España? Creo que con acciones razonables podríamos actuar revitalizando -a mí no me gusta hablar de rehabilitar, sino de revitalizar- los edificios ya existentes. Curiosamente, ahora hay un problema de liquidez para afrontar todo esto, pero los ahorros económicos que tendría una acción decidida sobre la edificación actual son muy grandes y se amortizarían en poco tiempo. Por lo tanto, si fuéramos capaces de implicar la economía en un proceso ambicioso de revitalización del parque de edificios de nuestro país, en aras de obtener un mejor comportamiento energético, conseguiríamos, por un lado, reducir las emisiones de CO2 a la atmósfera, disminuir el consumo de energía y la dependencia energética, aumentar el confort de los habitantes, activar puestos de trabajo en un sector especialmente deprimido y finalmente, proyectos para financiar, que la banca y el capital también necesitan.

¿Cree que esto se podrá conseguir?
Verde puede contribuir a ello, porque es un sello no partidista que garantiza que un proyecto sobre un edificio tiene unos rendimientos medioambientales concretos, y esto puede destapar la financiación para revitalizarlo. Hay que tener en cuenta que, hasta hace poco, el impulso medioambiental venía de los movimientos ecologistas de la primera crisis del petróleo. En esta ideología, que llega hasta nuestros días, la construcción era una especie de mal inevitable, de mal menor, y edificar era considerado un proceso necesariamente contaminante y de regresión con la naturaleza. Esto está cambiando. Nosotros podemos hacer que la edificación sea un hecho positivo. De hecho, toda la biosfera es construcción y ésta forma parte de la vida. Por lo tanto, toda la arquitectura que nosotros hacemos puede ser, y de hecho lo es en su origen, una progresión de la propia vida. Lo que pasa es que el modelo edificatorio que estamos utilizando es de un entorno cultural, tecnológico, demográfico, de hace 50 años. Hace falta un proceso importante de renovación e investigación para ajustar lo que significa construir con las expectativas de la sociedad actual.

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